Los 100 mil millones de neuronas que contiene el cerebro humano son la “mercancía” más codiciada del planeta. En los próximos años -a medida que evolucionen las ciencias comportamentales y la tecnología- los gigantes de internet, las grandes empresas, los partidos políticos y las potencias extranjeras intensificarán sus esfuerzos para controlar ese mercado esencial que maneja fortunas tan colosales y letales como las ventas de armas. Esa pieza clave del cuerpo humano de apenas 1,4 kilos, que reacciona cuando recibe un estímulo emocional externo, es la que adopta decisiones de consumo en apariencia triviales, multiplica las cadenas de like, siembra leyendas, fecunda ídolos de barro y teorías complotistas, legitima fake news, respalda o repudia políticas autoritarias, y gravita en todo referendo o elección presidencial.

Los esfuerzos por inducir la conducta humana -a través de algoritmos que determinarán sus comportamientos políticos y de consumo- representan la apuesta más importante que enfrentará la especie humana en el siglo XXI. En cierto momento, el hombre tendrá que decidir si aspira a controlar su destino o si, voluntaria o inconscientemente, se inclina ante la presión invisible y se convierte en zombi social.

Cuando dirigía la mayor cadena privada de televisión francesa (TF1), Patrick Le Lay reveló la importancia comercial que tenía monopolizar la atención del público con programas de juegos y diversiones: “Para que un mensaje publicitario sea efectivo, es preciso que el cerebro del espectador esté disponible”, argumentaba. La vocación de esas emisiones es preparar esa disponibilidad entre dos mensajes publicitarios. La definición de su estrategia de marketing pasó a la historia sintetizada en una fórmula célebre: “Lo que vendemos